La forma de informarse ha transformado profundamente en la última década. Ya no son los usuarios quienes buscan activamente las noticias: estas simplemente aparecen, se deslizan entre mensajes de WhatsApp, memes, comentarios y conversaciones digitales. Este cambio silencioso pero decisivo en los hábitos informativos de los jóvenes constituye el corazón de la investigación “Transiciones. Consumos informativos emergentes en estudiantes de Comunicación en América Latina”, coordinada por Francisco Albarello y su equipo de Investigar en Red, una comunidad que congrega a más de 100 investigadores de 38 universidades en 9 países latinoamericanos.
El estudio documenta un tránsito crucial: del consumo informativo intencional —cuando las personas buscaban deliberadamente información— hacia el consumo incidental, donde las noticias llegan de forma accidental a través de las dinámicas de socialización digital. Este fenómeno tiene implicaciones profundas para la construcción de la agenda pública tradicional. Los temas que ganan relevancia ya no responden únicamente a la jerarquización editorial de los grandes medios, sino que emergen de las interacciones espontáneas en redes sociales, donde el interés personal ocupa un lugar cada vez más central mientras se debilita la búsqueda consciente de información sobre asuntos públicos que van más allá de las preferencias individuales.
Del consumo accidental al protagonismo de la socialidad digital
El fenómeno que los investigadores denominan “news find me perception” —la percepción de que “las noticias me encuentran”— se ha convertido en actitud generalizada entre los estudiantes de Comunicación y Periodismo entrevistados. Los jóvenes reportan que se informan principalmente mientras dialogan con sus contactos: se enteran de algo que comenta un familiar o amigo, y esa información circula entre sus círculos. La información, en este contexto, es un resultado directo de las relaciones que establecen a través de las plataformas digitales, no del esfuerzo deliberado de mantenerse informados.
Esta transformación influye decisivamente en qué temas captan su atención. Se sienten relativamente informados sobre aquellos asuntos que surgen en sus conversaciones, mientras se va perdiendo el hábito tradicional de buscar conscientemente información sobre la “cosa pública” que exceda sus intereses inmediatos. El smartphone, con su lógica de desplazamiento rápido y contenidos personalizados, refuerza este patrón. Los usuarios leen de manera fragmentada, siguiendo impulsos de interés, pero cuando algo realmente los cautiva, profundizan: tocan un enlace interesante, buscan en Google, recurren a YouTube. Sin embargo, ese es un acceso fundamentalmente diferente al que caracterizaba la lectura de medios tradicionales.
Las redes se transforman en medios: la paradoja de la información fragmentada
Las redes sociales han dejado de funcionar exclusivamente como canales de distribución para convertirse, de hecho, en medios de información por derecho propio. Sin embargo, esto no significa la muerte del periodismo profesional. Los datos revelan una situación más compleja: existe un ecosistema informativo estratificado donde los jóvenes consultan distintas fuentes para distintos propósitos.
Cuando se trata de informarse sobre temas que les interesan, recurren principalmente a redes sociales. Allí siguen perfiles de medios y periodistas, pero muestran especial preferencia por seguir a los reporteros directamente sobre las cuentas corporativas de los medios. En las entrevistas grupales, muchos explicaron que creen que los periodistas pueden informar con mayor libertad al margen de las restricciones institucionales de sus empleadores. Sin embargo, cuando necesitan validar información, cuando algo les genera dudas o cuando desean profundizar en un tema, vuelven a las marcas consolidadas. Las aplicaciones y sitios web de los medios tradicionales siguen funcionando como referentes de calidad y credibilidad, como lugares donde se verifica si algo es realmente cierto.
Esta paradoja es significativa: se informan a través de plataformas digitales, pero cuando quieren chequear datos o expandir un tema, regresan a los medios. Esto sugiere que las marcas periodísticas mantienen un rol relevante en el nuevo ecosistema, aunque el acceso a ellas ha migrado completamente a través de interfaces digitales. Vivian Schiller, experta en transformación mediática, ha planteado que no existen soluciones mágicas para salvar a los medios: hay que escuchar genuinamente al público. Este hallazgo de la investigación parece confirmar su diagnóstico: los jóvenes valoran la profundidad y la veracidad de los medios profesionales, pero los acceden de maneras completamente diferentes a las anteriores.
Memelos, videos y la redefinición de la profundidad cognitiva
Uno de los descubrimientos más intrigantes del estudio concierne al rol de los memes en la circulación de noticias. Los memes no funcionan simplemente como entretenimiento, sino como puertas de entrada al ecosistema informativo. Estos no hacen que los jóvenes se sientan plenamente informados, pero sí los impulsan a buscar más información en redes o en sitios de noticias para no perder el contexto. Un meme bien construido requiere competencias comunicacionales sofisticadas: síntesis de información en pocas palabras, selección de imágenes o templates adecuados, capacidad de irónica. Son memelos de valor que operan como microgéneros naturales de este ecosistema.
Lo interesante es que los estudiantes valoran el uso del humor, la ironía y el ingenio cuando estos surgen de forma orgánica, particularmente en espacios como los memes. Sin embargo, cuando detectan que el humor en los noticieros es forzado o artifical, lo ven como algo que resta rigor. En contraste, con los programas de streaming —que explotaron como espacios de circulación de noticias durante la pandemia—, el humor funciona de otra manera: como recurso de cercanía con el creador, heredando el estilo comunicacional descontracturado de YouTube.
Respecto a la profundidad cognitiva en pantallas, la investigación ofrece una perspectiva matizada. Sería superficial afirmar que todo consumo en pantalla es trivial. Si se compara con la lectura de papel, ciertamente hay fragmentación y rapidez. Pero existe otra forma de profundidad: una lectura dispersa, multifuente y no lineal que, aunque rápida, no es necesariamente superficial. Los jóvenes recurren a videos extensos en YouTube cuando quieren entender algo en profundidad; para ellos, el formato audiovisual se ha convertido en el lugar de la explicación larga. Cuando algo les interesa genuinamente, son capaces de consumir textos largos o videos extensos. Lo que ha cambiado es que sienten libertad de detenerse y cambiar de actividad si el contenido no los cautiva, a diferencia de la obligación implícita que existía con los medios tradicionales.
El rechazo a la negatividad y la sobrecarga informativa
La investigación detecta un rechazo marcado entre los jóvenes hacia las noticias negativas, especialmente las vinculadas con política y seguridad. Este fenómeno no es privativo de América Latina: el informe de Reuters de 2024 documenta que aproximadamente el 39% de la población mundial evita activamente las noticias. Pero el rechazo va más allá del contenido negativo en sí mismo. Los estudiantes señalan que lo que los aleja es el tratamiento que los medios dan a estos temas: la adopción de estrategias sensacionalistas para captar atención, la saturación de cobertura sobre un único evento, la falta de contexto.
Cuando un tema como la pandemia, un incidente criminal o un conflicto social acapara la agenda mediática con énfasis dramático, genera un efecto de rechazo. Los jóvenes describen esto con palabras como “sobrecarga”, “fastidio” y “hartazgo”. Se sienten inundados de información, lo que genera un impacto negativo en su bienestar emocional. Prefieren entonces “refugiarse” en sus consumos preferidos: agendas temáticas que coinciden con sus intereses o directamente en entretenimiento. La evasión de noticias negativas, entonces, está menos relacionada con una crisis de confianza en el periodismo que con la experiencia de agobio que genera el tratamiento mediático de estos temas.
Algoritmos, burbujas y el desafío educativo de ampliar horizontes
Uno de los hallazgos más preocupantes del estudio es que los jóvenes se sienten “medianamente informados”. Este sentimiento es paradójico: se sienten informados respecto de los temas que les interesan, pero desarrollan conciencia de que esta información parcializada los deja fuera de debates sobre cuestiones públicas relevantes.
Los algoritmos juegan un papel central en esta dinámica. La personalización de contenidos —anticipada por Nicholas Negroponte en su libro “Ser digital” de 1995 cuando imaginó un “diario a la carta”— se ha intensificado enormemente con los sistemas de recomendación automática. Estos algoritmos mantienen a los usuarios dentro de burbujas de preferencias, término que proviene del análisis de Eli Pariser sobre filter bubbles. Los estudiantes muestran una conciencia notable sobre este fenómeno; muchos de ellos utilizan espontáneamente expresiones como “burbuja de filtros” para describir cómo acceden a la información. Pero esta conciencia no siempre se traduce en estrategias activas para contrarrestar esos efectos. Las tácticas que utilizan aún son principalmente intuitivas.
Aquí radica el desafío central para las universidades. Tradicionalmente, el rol de los medios fue establecer agenda pública al definir qué temas son importantes. Ese rol se erosiona cuando cada persona vive dentro de su propia burbuja de interés. La solución no es descartar los algoritmos ni pretender una vuelta a los medios masivos, sino desarrollar lo que Ignacio Siles denomina “domesticación mutua”: que los usuarios desarrollen habilidad para moldear sus algoritmos, para que estos les muestren una realidad más amplia y diversa. Las aulas de comunicación y periodismo son, posiblemente, los únicos espacios donde puede enseñarse esto deliberadamente.
Los estudiantes que estudian Comunicación o Periodismo desarrollan una distancia crítica hacia la información que sus pares no poseen. Muchos de ellos adoptan el rol de “fact checkers” en sus círculos familiares y de amigos, tratando de orientar a quienes se informan principalmente a través de plataformas como WhatsApp. Desarrollan desconfianza sana hacia lo que reciben y buscan propagarla. Esta capacidad de lectura crítica, de comprensión de cómo se construye una noticia, se vuelve cada vez más urgente en un contexto donde las inteligencias artificiales generativas comienzan a producir contenido informativo a escala masiva. Distinguir entre una fuente humana y una artificial será próximamente tan importante como lo era verificar las credenciales de un medio hace décadas.
Hacia el futuro: microcontenidos, IA generativas y nuevas competencias
La tercera etapa de esta investigación que Albarello y su equipo están desarrollando se enfoca en los microcontenidos informativos. La tendencia es inequívoca: los formatos están en constante miniaturización, adaptándose a ecosistemas cada vez más veloces. Pero simultáneamente, la investigación documenta el creciente impacto de las inteligencias artificiales generativas en la producción y distribución de noticias.
Este panorama sugiere que las competencias del futuro no serán simplemente sobre consumo crítico, sino también sobre producción creativa. La capacidad de usar inteligencias artificiales como aliados para potenciar las habilidades de creación de contenido periodístico emerge como central. Educadores y medios enfrentan, entonces, un reto compartido: formar lectores y productores críticos capaces de salir de sus burbujas algorítmicas, ampliar su horizonte informativo en un ecosistema veloz, personalizado y digital, y simultáneamente, desarrollar creatividad en el manejo responsable de herramientas de inteligencia artificial.
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De memelos a noticias: cómo los jóvenes latinoamericanos se informan en la era de las redes sociales
La forma de informarse ha transformado profundamente en la última década. Ya no son los usuarios quienes buscan activamente las noticias: estas simplemente aparecen, se deslizan entre mensajes de WhatsApp, memes, comentarios y conversaciones digitales. Este cambio silencioso pero decisivo en los hábitos informativos de los jóvenes constituye el corazón de la investigación “Transiciones. Consumos informativos emergentes en estudiantes de Comunicación en América Latina”, coordinada por Francisco Albarello y su equipo de Investigar en Red, una comunidad que congrega a más de 100 investigadores de 38 universidades en 9 países latinoamericanos.
El estudio documenta un tránsito crucial: del consumo informativo intencional —cuando las personas buscaban deliberadamente información— hacia el consumo incidental, donde las noticias llegan de forma accidental a través de las dinámicas de socialización digital. Este fenómeno tiene implicaciones profundas para la construcción de la agenda pública tradicional. Los temas que ganan relevancia ya no responden únicamente a la jerarquización editorial de los grandes medios, sino que emergen de las interacciones espontáneas en redes sociales, donde el interés personal ocupa un lugar cada vez más central mientras se debilita la búsqueda consciente de información sobre asuntos públicos que van más allá de las preferencias individuales.
Del consumo accidental al protagonismo de la socialidad digital
El fenómeno que los investigadores denominan “news find me perception” —la percepción de que “las noticias me encuentran”— se ha convertido en actitud generalizada entre los estudiantes de Comunicación y Periodismo entrevistados. Los jóvenes reportan que se informan principalmente mientras dialogan con sus contactos: se enteran de algo que comenta un familiar o amigo, y esa información circula entre sus círculos. La información, en este contexto, es un resultado directo de las relaciones que establecen a través de las plataformas digitales, no del esfuerzo deliberado de mantenerse informados.
Esta transformación influye decisivamente en qué temas captan su atención. Se sienten relativamente informados sobre aquellos asuntos que surgen en sus conversaciones, mientras se va perdiendo el hábito tradicional de buscar conscientemente información sobre la “cosa pública” que exceda sus intereses inmediatos. El smartphone, con su lógica de desplazamiento rápido y contenidos personalizados, refuerza este patrón. Los usuarios leen de manera fragmentada, siguiendo impulsos de interés, pero cuando algo realmente los cautiva, profundizan: tocan un enlace interesante, buscan en Google, recurren a YouTube. Sin embargo, ese es un acceso fundamentalmente diferente al que caracterizaba la lectura de medios tradicionales.
Las redes se transforman en medios: la paradoja de la información fragmentada
Las redes sociales han dejado de funcionar exclusivamente como canales de distribución para convertirse, de hecho, en medios de información por derecho propio. Sin embargo, esto no significa la muerte del periodismo profesional. Los datos revelan una situación más compleja: existe un ecosistema informativo estratificado donde los jóvenes consultan distintas fuentes para distintos propósitos.
Cuando se trata de informarse sobre temas que les interesan, recurren principalmente a redes sociales. Allí siguen perfiles de medios y periodistas, pero muestran especial preferencia por seguir a los reporteros directamente sobre las cuentas corporativas de los medios. En las entrevistas grupales, muchos explicaron que creen que los periodistas pueden informar con mayor libertad al margen de las restricciones institucionales de sus empleadores. Sin embargo, cuando necesitan validar información, cuando algo les genera dudas o cuando desean profundizar en un tema, vuelven a las marcas consolidadas. Las aplicaciones y sitios web de los medios tradicionales siguen funcionando como referentes de calidad y credibilidad, como lugares donde se verifica si algo es realmente cierto.
Esta paradoja es significativa: se informan a través de plataformas digitales, pero cuando quieren chequear datos o expandir un tema, regresan a los medios. Esto sugiere que las marcas periodísticas mantienen un rol relevante en el nuevo ecosistema, aunque el acceso a ellas ha migrado completamente a través de interfaces digitales. Vivian Schiller, experta en transformación mediática, ha planteado que no existen soluciones mágicas para salvar a los medios: hay que escuchar genuinamente al público. Este hallazgo de la investigación parece confirmar su diagnóstico: los jóvenes valoran la profundidad y la veracidad de los medios profesionales, pero los acceden de maneras completamente diferentes a las anteriores.
Memelos, videos y la redefinición de la profundidad cognitiva
Uno de los descubrimientos más intrigantes del estudio concierne al rol de los memes en la circulación de noticias. Los memes no funcionan simplemente como entretenimiento, sino como puertas de entrada al ecosistema informativo. Estos no hacen que los jóvenes se sientan plenamente informados, pero sí los impulsan a buscar más información en redes o en sitios de noticias para no perder el contexto. Un meme bien construido requiere competencias comunicacionales sofisticadas: síntesis de información en pocas palabras, selección de imágenes o templates adecuados, capacidad de irónica. Son memelos de valor que operan como microgéneros naturales de este ecosistema.
Lo interesante es que los estudiantes valoran el uso del humor, la ironía y el ingenio cuando estos surgen de forma orgánica, particularmente en espacios como los memes. Sin embargo, cuando detectan que el humor en los noticieros es forzado o artifical, lo ven como algo que resta rigor. En contraste, con los programas de streaming —que explotaron como espacios de circulación de noticias durante la pandemia—, el humor funciona de otra manera: como recurso de cercanía con el creador, heredando el estilo comunicacional descontracturado de YouTube.
Respecto a la profundidad cognitiva en pantallas, la investigación ofrece una perspectiva matizada. Sería superficial afirmar que todo consumo en pantalla es trivial. Si se compara con la lectura de papel, ciertamente hay fragmentación y rapidez. Pero existe otra forma de profundidad: una lectura dispersa, multifuente y no lineal que, aunque rápida, no es necesariamente superficial. Los jóvenes recurren a videos extensos en YouTube cuando quieren entender algo en profundidad; para ellos, el formato audiovisual se ha convertido en el lugar de la explicación larga. Cuando algo les interesa genuinamente, son capaces de consumir textos largos o videos extensos. Lo que ha cambiado es que sienten libertad de detenerse y cambiar de actividad si el contenido no los cautiva, a diferencia de la obligación implícita que existía con los medios tradicionales.
El rechazo a la negatividad y la sobrecarga informativa
La investigación detecta un rechazo marcado entre los jóvenes hacia las noticias negativas, especialmente las vinculadas con política y seguridad. Este fenómeno no es privativo de América Latina: el informe de Reuters de 2024 documenta que aproximadamente el 39% de la población mundial evita activamente las noticias. Pero el rechazo va más allá del contenido negativo en sí mismo. Los estudiantes señalan que lo que los aleja es el tratamiento que los medios dan a estos temas: la adopción de estrategias sensacionalistas para captar atención, la saturación de cobertura sobre un único evento, la falta de contexto.
Cuando un tema como la pandemia, un incidente criminal o un conflicto social acapara la agenda mediática con énfasis dramático, genera un efecto de rechazo. Los jóvenes describen esto con palabras como “sobrecarga”, “fastidio” y “hartazgo”. Se sienten inundados de información, lo que genera un impacto negativo en su bienestar emocional. Prefieren entonces “refugiarse” en sus consumos preferidos: agendas temáticas que coinciden con sus intereses o directamente en entretenimiento. La evasión de noticias negativas, entonces, está menos relacionada con una crisis de confianza en el periodismo que con la experiencia de agobio que genera el tratamiento mediático de estos temas.
Algoritmos, burbujas y el desafío educativo de ampliar horizontes
Uno de los hallazgos más preocupantes del estudio es que los jóvenes se sienten “medianamente informados”. Este sentimiento es paradójico: se sienten informados respecto de los temas que les interesan, pero desarrollan conciencia de que esta información parcializada los deja fuera de debates sobre cuestiones públicas relevantes.
Los algoritmos juegan un papel central en esta dinámica. La personalización de contenidos —anticipada por Nicholas Negroponte en su libro “Ser digital” de 1995 cuando imaginó un “diario a la carta”— se ha intensificado enormemente con los sistemas de recomendación automática. Estos algoritmos mantienen a los usuarios dentro de burbujas de preferencias, término que proviene del análisis de Eli Pariser sobre filter bubbles. Los estudiantes muestran una conciencia notable sobre este fenómeno; muchos de ellos utilizan espontáneamente expresiones como “burbuja de filtros” para describir cómo acceden a la información. Pero esta conciencia no siempre se traduce en estrategias activas para contrarrestar esos efectos. Las tácticas que utilizan aún son principalmente intuitivas.
Aquí radica el desafío central para las universidades. Tradicionalmente, el rol de los medios fue establecer agenda pública al definir qué temas son importantes. Ese rol se erosiona cuando cada persona vive dentro de su propia burbuja de interés. La solución no es descartar los algoritmos ni pretender una vuelta a los medios masivos, sino desarrollar lo que Ignacio Siles denomina “domesticación mutua”: que los usuarios desarrollen habilidad para moldear sus algoritmos, para que estos les muestren una realidad más amplia y diversa. Las aulas de comunicación y periodismo son, posiblemente, los únicos espacios donde puede enseñarse esto deliberadamente.
Los estudiantes que estudian Comunicación o Periodismo desarrollan una distancia crítica hacia la información que sus pares no poseen. Muchos de ellos adoptan el rol de “fact checkers” en sus círculos familiares y de amigos, tratando de orientar a quienes se informan principalmente a través de plataformas como WhatsApp. Desarrollan desconfianza sana hacia lo que reciben y buscan propagarla. Esta capacidad de lectura crítica, de comprensión de cómo se construye una noticia, se vuelve cada vez más urgente en un contexto donde las inteligencias artificiales generativas comienzan a producir contenido informativo a escala masiva. Distinguir entre una fuente humana y una artificial será próximamente tan importante como lo era verificar las credenciales de un medio hace décadas.
Hacia el futuro: microcontenidos, IA generativas y nuevas competencias
La tercera etapa de esta investigación que Albarello y su equipo están desarrollando se enfoca en los microcontenidos informativos. La tendencia es inequívoca: los formatos están en constante miniaturización, adaptándose a ecosistemas cada vez más veloces. Pero simultáneamente, la investigación documenta el creciente impacto de las inteligencias artificiales generativas en la producción y distribución de noticias.
Este panorama sugiere que las competencias del futuro no serán simplemente sobre consumo crítico, sino también sobre producción creativa. La capacidad de usar inteligencias artificiales como aliados para potenciar las habilidades de creación de contenido periodístico emerge como central. Educadores y medios enfrentan, entonces, un reto compartido: formar lectores y productores críticos capaces de salir de sus burbujas algorítmicas, ampliar su horizonte informativo en un ecosistema veloz, personalizado y digital, y simultáneamente, desarrollar creatividad en el manejo responsable de herramientas de inteligencia artificial.