La mañana del 30 de diciembre de 1896: La decisión consciente de José Rizal

Cuando el sol se asomó sobre Manila en la madrugada del 30 de diciembre de 1896, un hombre camino hacia el pelotón de fusilamiento sin titubear. No era la cobardía lo que lo paralizaba, sino una resolución inquebrantable. José Rizal no tropezó hacia su muerte; la eligió deliberadamente, a sabiendas de que podría haberse salvado. Su decisión ese día transformaría para siempre el curso de la historia filipina, no por el acto de morir, sino por lo que su muerte representaba: la negativa absoluta a traicionar sus principios incluso cuando la vida estaba al alcance de su mano.

A diferencia de muchas figuras históricas cuyo legado se desvanece en el olvido, Rizal permanece presente en la memoria colectiva filipina. Sin embargo, su presencia se ha convertido en algo peligrosamente simplificado: un símbolo estampado en libros de texto, una efeméride nacional, un nombre grabado en monumentos. Lo que muchos filipinos ignoran es que ese 30 de diciembre representa algo mucho más profundo que una fecha en el calendario. Representa la culminación de una vida de conflictos internos, decisiones calculadas y, finalmente, una elección consciente que muy pocos mortales están dispuestos a hacer.

Una elección consciente: Por qué Rizal rechazó salvarse

Meses antes de enfrentar el pelotón de fusilamiento, Rizal recibió una oportunidad de escape. El Katipunan, la organización revolucionaria que estaba transformando Filipinas, le ofreció rescatarlo de su exilio en Dapitan. Incluso Andrés Bonifacio, el carismático líder del movimiento, lo invitó personalmente a unirse como comandante militar de la revolución. Eran ofertas tentadoras que habían transformado el destino de otros hombres. Rizal las rechazó todas.

Su razonamiento no era fruto de la cobardía ni de la ingenuidad, sino de un análisis pragmático despiadado. Creía firmemente que sus compatriotas carecían de los recursos suficientes para sostener un levantamiento violento generalizado. Un llamado a las armas, en su opinión, solo conduciría a un derramamiento de sangre innecesario, a la masacre de campesinos y estudiantes que no estaban preparados para la guerra. Rizal y el Katipunan perseguían objetivos similares pero por caminos diferentes: él buscaba la transformación a través de la reforma gradual, mientras que la organización revolucionaria optaba por la ruptura violenta con España.

Lo que complica aún más la narrativa histórica es que Rizal no simplemente rehusó participar pasivamente. El 15 de diciembre de 1896, quince días antes de su muerte, escribió un manifiesto público condenando explícitamente la revolución. Sus palabras fueron contundentes: “Condeno este levantamiento que nos desacredita ante el mundo y juega en contra de nuestra causa. Aborrezco sus métodos y rechazo toda participación en él”. Era una posición incómoda, casi traidor a los ojos de muchos compatriotas que se batían por la independencia. Sin embargo, Rizal mantuvo su postura incluso sabiendo que le costaría la vida.

El historiador Ambeth Ocampo, uno de los más respetados estudiosos del período, describe este momento con una admiración callada. Rizal era, según Ocampo, un “héroe consciente”: un hombre que deliberadamente sopesó las consecuencias de sus actos y eligió seguir adelante con los ojos bien abiertos. Se dice que en las horas previas a su ejecución, su ritmo cardíaco se mantuvo normal. ¿Cuántas personas en la historia han caminado hacia la muerte con tal serenidad, sabiendo que tenían opciones?

El fusilamiento que encendió una revolución: El impacto transformador

Paradójicamente, aunque Rizal condenó la revolución, su muerte la transformó. Su cuerpo cayó en el Parque Luneta aquella madrugada del 30 de diciembre, pero lo que surgió fue algo más poderoso que cualquier ejército. Su ejecución unificó movimientos fragmentados, dotó a la causa revolucionaria de una claridad moral que antes no tenía, e intensificó exponencialmente el deseo de independencia entre la población.

El historiador Renato Constantino argumentó en su ensayo seminal de 1972 que la vida de Rizal actuó como una “conciencia sin movimiento”: sus escritos de denuncia social y sus trabajos literarios plantaron las semillas de la conciencia nacional, pero fueron otros quienes transformaron esa conciencia en acción revolucionaria. El movimiento de propaganda que Rizal lideró, lejos de acercar a los filipinos con España como él esperaba, generó el efecto opuesto. Los “ilustrados”—los filipinos educados y cosmopolitas como él—comenzaron a cuestionar la asimilación con la metrópoli colonial. El proceso de hispanización que Rizal había admirado en su juventud comenzó a verse no como oportunidad, sino como opresión.

La ironía es que Rizal fue moldeado por la ilustración europea. Admiraba la cultura, el arte y los ideales liberales de Europa. Pero sus repetidos encuentros con la discriminación racial y la injusticia lo obligaron a confrontar una verdad incómoda: la asimilación era un espejismo. En una carta a Ferdinand Blumentritt en 1887, escrita en el contexto de la disputa de Calamba donde su familia enfrentaba a los frailes dominicos, Rizal escribió: “El filipino ha deseado durante mucho tiempo la hispanización y se equivocó al aspirar a ella”. Ese cambio de perspectiva, aunque interno, fue sísmico.

Sin Rizal, la revolución probablemente habría ocurrido de todas formas. El Katipunan existía, Bonifacio existía, las condiciones de opresión eran innegables. Pero habría sido diferente: más fragmentada, menos coherente, quizás menos arraigada en una narrativa nacional compartida. La muerte de Rizal el 30 de diciembre de 1896 proporcionó el símbolo unificador que la revolución necesitaba.

Humanizar a Rizal: Lecciones para la Filipinas contemporánea

Es importante reconocer que el legado de Rizal fue moldeado considerablemente por narradores posteriores, particularmente por historiadores estadounidenses durante el período colonial norteamericano. Theodore Friend señaló que Rizal fue elevado a héroe precisamente porque no representaba una amenaza ideológica para el nuevo poder colonial. A diferencia de Aguinaldo, demasiado militante, o Bonifacio, demasiado radical, Rizal podía ser domesticado como símbolo de progreso ordenado y reforma moderada. Constantino fue aún más directo: “Favorecían a un héroe que no fuera en contra de la política colonial estadounidense”.

Este contexto no invalida el legado de Rizal, sino que lo humaniza. Deja de ser un ícono intocable para convertirse en un hombre que enfrentó dilemas genuinos, que cambió de opinión cuando los hechos lo justificaban, que cometió errores de juicio histórico. Eso es precisamente lo que lo hace relevante para la Filipinas de hoy.

Constantino sugiere en su obra “Nuestra tarea: hacer obsoleto a Rizal” que el verdadero objetivo no es veneración perpetua, sino la realización de los ideales por los que Rizal se sacrificó. Mientras exista corrupción, mientras persista la injusticia, el ejemplo de Rizal sigue siendo necesario. Su negativa a comprometerse, su insistencia en mantener la integridad incluso cuando el precio era la muerte, su análisis crítico de la opresión: todo ello mantiene su poder instructivo.

En las décadas posteriores a esa mañana del 30 de diciembre de 1896, Filipinas alcanzó la independencia que Rizal no vivió para ver. Pero la nación que emergió no realizó completamente los ideales de reforma social y justicia que Rizal imaginaba. La corrupción encontró nuevos ropajes. La injusticia adoptó nuevas formas. En este contexto, la lección más pertinente de Rizal no es su muerte, sino su vida: su negativa a traicionar sus convicciones incluso cuando todas las fuerzas políticas lo presionaban a ceder.

Para los filipinos contemporáneos, esto significa una sola cosa: así como Rizal se mantuvo firme contra las tentaciones y presiones de su tiempo, la sociedad actual está llamada a resistir las corrupciones que corroe desde dentro. La verdadera obsolescencia de Rizal ocurrirá cuando ya no sea necesario un símbolo de integridad para inspirar a una nación. Ese día no ha llegado aún.

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